En Miami llovieron iguanas. Qué locura. Tal vez hubiera sido mejor que lloviera cerveza Iguana. Según los cables, los reptiles cayeron de los árboles, en los parques cercanos a la ciudad, adormecidos por el inusual frío de 4 y 5 grados: necesitan temperaturas de más de 23 grados para vivir. No me cierra mucho. No por estar adormecido uno se cae, bien lo saben los hermanos que han padecido las camas cuchetas. Pero bueno, supongamos que fue así. ¿Habrá caído también Iggy Pop? Estuve investigando un poco las lluvias de animales.
En 1836 llovieron sapos en Tolosa, España. En 1861 llovieron peces en Singapur, Singapur. En 1880 llovieron codornices en Valencia, España. En 1953 llovieron ranas en Massachussets, Estados Unidos. En 1969 llovieron canarios en Maryland, Estados Unidos. En 1978 llovieron cangrejos en Nueva Gales del Sur, en Australia. En 2002, llovieron peces en Atenas, Grecia. En 2007 llovieron ranas en Alicante, España.
Los científicos lo explican diciendo que son trombas marinas, o incluso tornados, vientos que son capaces de recoger a los animales presentes en una superficie relativamente extensa, y los dejan caer, en masa y de manera concentrada, sobre puntos localizados. Por eso los animales suelen ser poco pesados, y no se produce, por ejemplo, una lluvia de hipopótamos o de amigos que cuentan historias del secundario.
Imagino qué puede llover en Junín. Pueden llover domingueros. Pueden llover motos de cincuenta centímetros cúbicos de cilindrada. Pueden llover semáforos. Pueden llover canciones de Javier Sidotti. Pueden llover puteadas de taxistas.
Un paraguas aquí, por favor.




